martes, 27 de noviembre de 2012

Tambores de Hellín.


Los que me conocéis sabéis que si hay algo en el mundo de lo que nunca me canso de hablar es de Hellín. Siempre digo que es lo mejor (aunque no me lo crea ni yo) y no sé por qué cuando estoy fuera de España me sale la vena más castiza intentando explicar a mis nuevos amigos guiris de dónde vengo y qué se hace allí.

Es por eso que siempre hablo de la tamborada de Hellín y de las tradiciones de mi pueblo. No llego a entender el por qué de mi pasión por este tema, cuando la verdad es que paso bastante de Hellín. Sólo me gusta porque está mi familia y los amigos que quedan allí, ya que en realidad el sitio donde mejor estoy -fuera de mi casa familiar, quiero decir- es en Madrid. No echo de menos andar por las calles de Hellín, pero si por las de Malasaña, pero echo de menos a mi familia, que está en Hellín. Aunque parte de mi familia está en Madrid, Valencia, Italia, etcétera., donde están mis amigos.

Bueno, al margen de ñoñerías y sentimentalismos varios, ¿por qué hablo de repente de esto? Porque la semana pasada, en mi barrio de Seúl, Hongdae, me encontré con un grupo de personas tocando instrumentos y se me iluminó la cara al ver que podía tocar el tambor.






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Yo muy feliz tocando a mi manera el racataplá.

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Momentos antes de mi actuación estelar.